Hace tiempo no sentía este enojo tan delicioso; tan sutil; casi pasivo. Confieso que cada vez que abre la puerta para desordenar al intento de sosiego que intenta ser mi vida lo saboreo como un buen caldo de legumbres, pasta, verduras y hierbas fuertes; y durante su estancia me cosquillea el tuétano, produciendo sangre con la eritropoyetina para poder irrigar cada rincón de mi cuerpo y prepararlo para escribir, gritar y agitar mi ser desde la punta de mi alma hasta debajo de las uñas. Esta mañana no se exentó, hoy lo sentí en el bondi por un recuerdo que tengo miedo a que siga siendo real y nos duela un tanto. Sin embargo, aprovechando que la ira está en mí un ratito y no se va a ir hasta dentro de unos minutos y unas cuantas respiraciones, voy a dejar que èsto esquilme lo que queda de sensatez y la dejaré fluir a esa oscuridad que tanto me ha llevado frente al público que brama, berrea y cabrea conmigo.